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| No
acepta una bolsa de frambuesas, ni un manojo de verduras, ni nada que
papá le ofrezca a cambio. Esos libros no cuestan dinero, como
no cuesta dinero el aire. Y no sólo eso, sino que encima dentro
de quince días ¡piensa volver por aquí para cambiarlos
por otros! |
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| ... de repente oímos un repiqueteo en la ventana nevada. ¡Y ahí está la señora abrigada hasta las cejas! Hace el intercambio por la puerta entreabierta, porque dice que así no cogeremos frío. Cuando papá le pide por favor que se quede a dormir no se deja convencer. «La yegua me llevará de vuelta a casa», responde. |
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| Me
quedo boquiabierto mirando cómo se aleja la señora de
los libros. Y mil ideas empiezan a darme vueltas por la cabeza, igual
que los copos que el viento hace girar ahí fuera. No sólo
es valiente la yegua, digo yo, sino también la señora.
De repente me muero de ganas de saber por qué la señora
de los libros se arriesga a pillar un resfriado o algo peor. |
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